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La manzana de Newton

by Luis Ángel Cofiño

―Roger, Santamarina. Adelante ―dijo la voz metálica de Freeze, el comandante de la Estación.

Parpadeé sorprendido. No conseguía acostumbrarme a las barbaridades que podían llegar a decir los americanos cuando intentaban pronunciar mi apellido. Los hispanos todavía, pero no había muchos en la escala operativa de la NASA. En realidad ninguno que yo conociera. Supongo que para los americanos yo contaba como “hispano”, aunque no podían usarme como ejemplo de integración racial por la sencilla razón de que era europeo, pertenecía a la ESA. Por eso estaba allí.

Evidentemente, no era la persona más adecuada para enfrentarse a aquel desastre. Se necesitaba un técnico, tal vez un mecánico, y no un piloto de las fuerzas aéreas españolas, pero era lo que había. No les había quedado otra opción que tragar conmigo puesto que los otros dos astronautas de la ESA que había en la Estación eran médicos. Yo era el único capaz de manejar un traje espacial o un equipo EVA.

Se me hacía extraño, he de admitirlo. Nunca me había imaginado tener que usar un traje espacial en el interior de la Estación. Y no faltaba gente, sobre todo en el sector ruso, que recordaba la historia de la MIR y rememoraba los viejos fantasmas. Así de mal estaban las cosas.

Observé atentamente la compuerta del ESA Lab. Me habían dado luz verde, pero no me apetecía lo más mínimo abrirla. Al otro lado había estado ocurriendo de todo lo imaginable. Primero, un incendio que había obligado a evacuar y despresurizar el módulo para poder apagarlo. Después, la avería de los sistemas de filtrado del aire. Y más tarde toda una cadena de extraños cortocircuitos que habían provocado explosión tras explosión, en una serie de averías tan larga que rozaba el terreno de lo imposible.

Nadie sabía lo que estaba pasando detrás de aquella compuerta. Los canadienses habían dado permiso para utilizar el CSA, y varios astronautas americanos habían usado el brazo mecánico para revisar el exterior del ESA Lab. Pero no encontraron nada, absolutamente nada. Ni un impacto, ni un rasguño.

Fuera lo que fuera, había destruido el laboratorio europeo desde dentro. Las únicas opciones eran eyectar el módulo entero, o abrir la compuerta y entrar. La NASA prefería eyectarlo, lógicamente, pero en la ESA tenían muy claro que no estaban dispuestos a perder el laboratorio sin más.

―Recibido ―dije―. Estoy listo.

Una mierda, estaba listo. Pero no estaba dispuesto a admitirlo en público. Y menos delante de los americanos.

―Roger. Despresurizando el Nodo 2 ―contestó la voz―. Buena suerte, comandante Santamarina. Atención…

Era la primera vez que me llamaban por mi rango militar. Supongo que era la forma que tenían de expresar que me había ganado su respeto. O quizás era simplemente la forma que tenían de hacérmelo creer.

En cuanto me notificaron que el Nodo 2 estaba despresurizado, me acerqué flotando a la compuerta y pulsé los controles de desbloqueo. Después la abrí manualmente. No es fácil hacerlo en ingravidez, se lo aseguro, pero a nadie le apetecía arriesgarse a otro cortocircuito usando el automático.

Nada más entreabrir la compuerta empezó a salir una densa humareda del interior del módulo Columbus que amparaba el ESA Lab. No me preocupé demasiado por ello, porque pensaba que, a mis espaldas, el Nodo 2 se encargaría de filtrar el aire. Encendí las luces de mi traje para arrojar un poco de luz al interior y esperé un poco a que se aclarase algo el ambiente.

Entonces lo vi.

Apenas pude ahogar un gemido. No les oí, pero imagino que los americanos sintieron lo mismo al ver la imagen a través de las cámaras.

Todo el interior del ESA Lab tenía las paredes desnudas. Había una nube de piezas metálicas flotando, pero salvo eso, todo lo demás había desaparecido: el equipo de investigación, los contenedores, casi todo el material de laboratorio, incluso el recubrimiento de las paredes. El metal del módulo estaba completamente descubierto, y el cableado eléctrico estaba a la vista. No quiero decir que los cables estuvieran quemados, sino que incluso las cubiertas plásticas habían desaparecido dejando el cable pelado totalmente expuesto. Al menos eso justificaba los cortocircuitos, desde luego, pero uno no podía dejar de preguntarse dónde había ido a parar todo.

Entonces me fijé en la humareda. Empezaba a aclararse ya bastante, y pude ver que el ambiente estaba cargado de ceniza.

―Houston, los filtros de aire…

―Roger, Santamarina. Estamos en ello.

No hacía falta decir más. Los filtros de aire del Nodo 2 podían obstruirse con toda aquella ceniza. Yo lo sabía. Ellos lo sabían. Y estaban en ello. No prometían nada más porque de momento no había nada que supieran o pudieran hacer. Pero estaban en ello. Era un consuelo.

Entré en el ESA Lab, impulsándome contra la pared. No me preocuparon los cables pelados. El traje estaba aislado, y de todas formas hacía bastantes horas que habían cortado la energía del módulo, una vez que se aseguraron de que la situación era imposible de solucionar con los maltrechos sistemas de emergencia del laboratorio.

Cuando toqué la superficie del módulo, una pequeña nube de ceniza salió despedida a mi alrededor. Sorprendido, froté un poco la pared metálica. Ante mis atónitos ojos, vi perfectamente el metal pulido, limpio, sin rastro alguno de cubierta ni de paneles. Solo en algunas pequeñas zonas había algo de lo que parecía un residuo plástico, de suave color violáceo. El resto era metal puro, limpio, una vez que se sacudía la ceniza que lo cubría.

Raspé con el guante ese residuo y lo guardé en una caja metálica, para analizarlo más tarde. Después seguí revisando las paredes, con toda la circuitería expuesta.

Alargué la mano para coger uno de los instrumentos que flotaban a mi alrededor. Era una cuchilla, una especie de hoja de bisturí. También estaba cubierta de ceniza.

La coloqué en la palma de mi mano y la observé con cuidado. No recordaba haber visto ese tipo de cuchillas antes. Parecía un repuesto, una hoja sin la montura, pero lo más sorprendente es que parecía estar humeando sobre mi guante. ¿Estaba caliente?. No podía saberlo a través de la cubierta aislante, así que la arrojé antes de que quemase la protección del traje.

Para mi sorpresa, el guante siguió humeando. Se estaba derritiendo ante mis ojos. Por un segundo me quedé paralizado por el pánico.

―¡Salga de ahí, comandante! ¡Salga inmediatamente de ahí y selle el laboratorio! ―restalló la voz de Freeze.

Me impulsé con todas mis fuerzas contra la pared, y salí despedido hacia la compuerta. Apenas había llegado cuando todas las alarmas del traje de presión empezaron a saltar. Estaba perdiendo presión. El guante continuaba derritiéndose a toda velocidad, y la fuga se iba haciendo cada vez mayor.

―¡Salga de ahí! ¡Cierre la compuerta! ¡Ciérrela!

Ni siquiera perdí tiempo en contestar. Jadeando, empujé la compuerta mientras las fuerzas me iban abandonando y notaba que empezaba a faltarme el aire.

―¡Presurizando el Nodo 2! ―gritó la voz de Freeze.

En cuanto terminé de cerrarla, empecé a soltar los cierres del guante para intentar quitármelo. Apenas me quedaba aire, y eso aceleraría la pérdida, por supuesto, pero tampoco tenía intención de quemarme vivo. Supongo que era una estupidez, que no debí haberlo hecho, pero en esos momento uno no tiene tiempo de pararse a pensar con sensatez: hace lo primero que se le ocurre, sea correcto o no.

Perdí el conocimiento. Mi cuerpo estuvo expuesto casi al vacío absoluto pero, ¿saben?, el organismo humano es capaz de aguantar sin morir un buen montón de segundos en esas condiciones. Tuve suerte. Si no hubiera cerrado aquella compuerta, el volumen a presurizar en ambas cámaras habría sido demasiado grande y no me habría dado tiempo.

Luego me dijeron que estuve más de quince minutos inconsciente. Ellos nunca llegaron a temer por mi vida, desde luego. Me tenían bien monitorizado en sus pantallas y sabían que mi corazón seguía latiendo y el oxígeno empezaba a llegar sin problemas.

Cuando desperté, lo primero que oí fue la voz metálica de Freeze, mucho más tranquila, casi satisfecha.

―¿Comandante? Comandante Santamarina. ¿Me oye?

―Roger. Estoy bien ―contesté aún medio adormilado.

Abrí los ojos. A mi alrededor, el aire seguía lleno de ceniza. Había presión suficiente, pero era como estar en medio de una nube de humo, aunque no tanto como dentro del ESA Lab.

―Houston, ¿qué pasa con los filtros? ―pregunté, algo asustado.

―Eeeeh, se han obstruido todos, comandante ―me contestaron―. Estamos en ello.

Los minutos fueron pasando. Empecé a ponerme nervioso.

―Houston, me gustaría salir del Nodo 2.

―Estamos en ello comandante.

No, no estaban en ello. Y yo lo sabía. No iban a dejarme salir de allí, no mientras el aire siguiera contaminado. Y probablemente ni siquiera aunque pudieran limpiarlo, si es que no podían.

―Houston, déjenme salir al US Lab ―insistí.

―Negativo, comandante.

Su tono se había vuelto más seco, más apremiante. Me estaban diciendo que no insistiera, que no preguntara más.

―¡Houston, ¿cuánto tiempo pretenden tenerme aquí? ―insistí de todas formas.

―Tranquilícese, solo el tiempo necesario. Estamos evaluando posibilidades ―contestaron.

Entonces fue cuando me asusté de verdad. No iban a abrir el US Lab. Miré nerviosamente hacia la esclusa de atraque. Probablemente tampoco iban a enviar ningún transbordador. No iban a hacer nada hasta que supieran exactamente qué había pasado. Hasta que se asegurasen de que no podía poner en peligro ni la Estación ni ninguna nave.

A todos los efectos, acababan de ponerme en cuarentena.

El tiempo empezó a transcurrir lentamente. En medio de la incertidumbre. En medio del silencio. Ni siquiera me molesté en quitarme el resto del traje para no enfrentarme a toda aquella ceniza que flotaba a mi alrededor.

Recuerdo que miré mi guante, que flotaba por encima de mi cabeza. Supuse que había pasado ya el suficiente tiempo para que no fuera peligroso y lo cogí con la otra mano. Se había derretido casi la mitad, en la palma y en la raíz de los dedos. Pero el armazón metálico de la base, el que formaba los anclajes con las mangas, había sido respetado y tenía el mismo aspecto pulido y limpio que las paredes del ESA Lab. Perplejo, me pregunté qué demonios podía haber provocado aquello. Ahora podía pensar con mucha claridad, con la claridad que da a veces la desesperación, y comprendí que ningún fuego ni ninguna incandescencia podía haber causado algo así. Una hoja de bisturí al rojo vivo quizás podía haber perforado el traje, pero no con un boquete tan grande. Lo que había provocado aquella destrucción, no venía de la hoja metálica.

Venía de la pared. La pared que había tocado con la palma de la mano para frenar el impulso. Solo que la pared era puro metal desnudo.

No, no del todo. Estaba el residuo violáceo. Tal vez no fuera un vulgar residuo.

Y entonces recordé que el ESA Lab era fundamentalmente un laboratorio biológico.

Tragué saliva en silencio. Me mordí la lengua sabiendo que si pronunciaba una sola palabra de todo aquello jamás me dejarían volver.

Y esperé. Esperé hasta hartarme, con un nudo en la garganta, mientras flotaba en medio de aquella nube de porquería.

―Comandante Santamarina, abra el CAM ―dijeron desde Houston al cabo de tres angustiosas horas.

―¿El CAM?

―Afirmativo, comandante. Dispondrá de agua y comida. Y también intentaremos purificar el aire usando los filtros del módulo centrífugo.

Sonreí para mis adentros. Seguramente a los americanos no les gustaba nada esa decisión. El CAM era el módulo estrella de la Estación. Era la luz de sus ojos, si me permiten decirlo así. Era el habitáculo donde se realizaban los experimentos sociales de permanencia prolongada, de cara al futuro viaje a Marte. Entonces pude darme cuenta de que no me habían abandonado, si consentían en eso a costa de contaminar todo el área y, quizás, dejarla inservible para siempre. Más animado, me apresuré a impulsarme hacia la compuerta del CAM antes de que alguien en la NASA se arrepintiera de aquella locura.

Pasé el resto del día dentro del módulo. Yo hubiera preferido cerrar de nuevo la compuerta, pero me obligaron a mantenerla abierta para concederle a los poderosos filtros del CAM, diseñados para varias personas, la oportunidad de limpiar todo el aire. Hicieron un buen trabajo, sinceramente, pero no lo suficiente. También acabaron obstruyéndose.

Supongo que era lógico. Incluso yo pude darme cuenta de que aquella ceniza que flotaba por todas partes había sido tiempo atrás absolutamente todo el material que había dentro del ESA Lab. Cientos de kilos, quizás más de una tonelada. Todo desintegrado. Demasiado trabajo para un puñado de filtros.

Al menos, en el CAM, la vida fue bastante cómoda. Disponía de comida y agua suficientes para aguantar un par de meses. Y también tenía pantallas, ordenadores, y todo el equipo de telecomunicaciones a mi alcance, así como un gimnasio totalmente equipado.

Reconozco que el gimnasio no lo usé todo lo que debiera. Supongo que quedaría bien decir que no tuve miedo. Pero lo tuve, créanme. Y hacer ejercicio suponía respirar con más fuerza y con más frecuencia. Imagínenlo, pónganse en mi situación. Yo allí, completamente solo en medio de todo aquello, metiendo la ceniza en mis pulmones con cada respiración. Pero no era la ceniza en si misma lo que más me asustaba, sino los gérmenes que debían formar aquella costra violácea. Revisé varias veces las paredes del CAM, pero nunca pude ver la costra, aunque eso no significaba que los gérmenes no estuvieran, por supuesto. Podían estar acumulándose en los filtros. Podían estar en el aire, en forma de suspensión. Podían estar entrando en mis pulmones. Una idea poco tranquilizadora.

Y las noticias no ayudaban en nada. Los americanos habían usado el brazo mecánico canadiense para reajustar las antenas, y ahora solo podía recibir las transmisiones de televisión de la Tierra a través de la propia Estación para retrasar todas las emisiones unos treinta minutos. Lo suficiente como para ejercer una censura férrea sobre lo que yo estaba recibiendo. En el fondo lo agradecí. Aquello me libró de los programas amarillistas y de un montón de especulaciones catastrofistas sin fundamento alguno. Ya estaba yo lo suficientemente asustado como para tener que aguantar a la prensa.

Pero sí supe que los principales cerebros del mundo, americanos, europeos, rusos y japoneses, estaban intentando encontrar alguna salida para mí. También supe que la opinión pública mundial estaba conmovida con mi pequeña odisea. Pero a veces los nervios me traicionaban. Tuve amargas discusiones con el centro de control, que nunca llegaron a manos de la prensa. Y a veces me imaginé siendo eyectado sin miramientos, con el Nodo 2, el ESA Lab, el CAM, el NASDA Lab, y el puerto de anclaje, todo de una vez.

Pero lo cierto es que nunca me abandonaron. Si necesitaba alguien con quien discutir, siempre les tenía ahí. Si necesitaba una palabra de ánimo siempre me la daban. Y un día me comunicaron que se estaba preparando al transbordador United para una misión de rescate. Me sentí aliviado con las buenas noticias, aún sabiendo que tardarían la friolera de tres semanas en llegar.

Fue tiempo suficiente para pensarlo mejor. Tres semanas. Quizás llegasen demasiado tarde si aquellas bacterias me hacían enfermar sin asistencia médica alguna salvo el modesto botiquín del CAM. Me pregunté si me dejarían entrar en el United una vez que llegasen. Especialmente si enfermaba.

Pero eso no ocurrió. El tiempo pasaba y yo continuaba sano como una rosa. Llegué a imaginar que el tiempo transcurrido era una cuarentena más que suficiente.

Y cuando se abrió la compuerta interna de la esclusa que me comunicaba con el United, me encontré de bruces con dos astronautas equipados con trajes aislantes. No eran de presión, pero sí integrales y con equipos autónomos de oxígeno. Fue como si me hubieran abofeteado. Bastó con verles para saber que tampoco entonces iban a dejarme salir. Para la NASA, ahora estaba contaminado el ESA Lab, el Nodo 2, el CAM, y por último la esclusa del puerto de anclaje. Si esta última volvía a abrirse para salir, la United se contaminaría también, así que la lanzadera se iría inmediatamente y no regresaría hasta que las cosas estuvieran completamente aclaradas.

En cuanto a los dos astronautas que habían entrado en el Nodo 2, resultaron ser voluntarios japoneses, no americanos. Traían consigo abundantes provisiones, y sobre todo una enorme cantidad de filtros de repuesto.

―¿Qué es esto? ¿Alguien puede explicarme lo que está pasando?

Sonrieron y me saludaron efusivamente. Ya saben ustedes cómo son los japoneses. Después de una breve conversación, cambiamos todos los filtros entre los tres. Aún se obstruyeron en cuatro ocasiones más. Pero ahora teníamos repuestos de sobra así que continuamos cambiándolos hasta que el aire quedó sin rastro alguno de ceniza. Luego me dieron otro traje aislante y rociaron todo el Nodo 2 y el CAM con óxido de etileno para matar cualquier cosa viva que pudiera flotar en el aire o permanecer pegada a las paredes.

Comprendí que la NASA no era estúpida. Si yo mismo había sospechado que aquella sustancia violácea era alguna forma de vida, los técnicos de Houston lo tenían aún más claro. De ahí todas las precauciones.

Durante todo aquel tiempo de cautiverio, la ESA había proporcionado a la NASA una lista con todas las bacterias y materiales biológicos del laboratorio europeo. Solo que ninguno de los especímenes era capaz de justificar nada de lo que había ocurrido. Estoy seguro de que algún técnico de Houston llegó a pensar que el germen de la costra podía ser alienígena. Estoy convencido de que diseñaron protocolos para esa contingencia, incluso protocolos que incluían la eyección.

Pero ahora era demasiado tarde para lamentarme. Permanecimos 24 horas con los equipos aislantes puestos, hasta asegurarnos de que los filtros habían eliminado todo el óxido de etileno. Solo entonces, los astronautas japoneses se quitaron los trajes aislantes mientras yo intentaba hacer lo mismo.

―No por favor ―dijo uno de ellos sujetándome con delicadeza el brazo―. Por favor, tiene que entrar en el CAM. Y debe darnos las muestras.

Sonreía amablemente. Pero en sus ojos vi que lo que estaba diciendo no era una sugerencia sino una orden. Eran voluntarios, no suicidas. Habían esterilizado todas las salas contaminadas. Todo excepto yo. Así que yo aún debía ser considerado en cuarentena.

Me acompañaron al módulo centrífugo y yo colaboré en lo que pude. Recogí la caja metálica en la que había guardado la muestra de residuo violáceo y se la cedí. Después se despidieron y me dejaron encerrado otra vez en el CAM. No volvería a salir hasta un mes más tarde.

Ese fue el tiempo que tardaron los japoneses en terminar los estudios sobre las muestras, en el NASDA Lab, justo al lado de mi confortable prisión.

Resulta irónico, si se piensa bien. Salvo en el momento de la descompresión de mi traje, resultó que nunca había estado en peligro.

Todo había empezado con un ensayo de estudiantes alemanes sobre bacterias anaerobias, un inocente trabajo universitario que la ESA había aprobado en uno de los concursos. Se trataba de transferir a las bacterias nueva información transgénica para ampliar sus rutas metabólicas y acelerar su reproducción. No era difícil, pero sí engorroso porque ese tipo de bacterias eran, originalmente, de crecimiento muy lento. El estudio se hacía en el espacio precisamente para obtener resultados rápidos: en ingravidez, las colonias podían reproducirse en tres dimensiones y no en dos, como en las placas de cultivo convencionales.

No se sabe por qué, después de haber terminado el trabajo, las cepas resultantes empezaron a mutar al azar. Dicen que por aquel entonces hubo varias erupciones solares, y que los sensores detectaron bruscos aumentos de radiación dentro de la Estación, pero nunca fueron tan fuertes como para dañar a un ser humano. Quizás las bacterias transgénicas resultaron ser más sensibles a la radiación. Eso nunca lo sabremos. En cualquier caso, casi todas las cepas murieron. Solo una colonia logró adaptarse y sobrevivir.

La nueva especie, con su metabolismo acelerado y ampliado, destruyó la pared posterior del contenedor, atravesó la pared y dejó al descubierto parte del cableado eléctrico causando un cortocircuito. Tras el incendio, el comandante Freeze decidió sellar el laboratorio y descomprimirlo para que el vacío apagase el fuego. Ese fue su error.

Eran bacterias anaerobias estrictas. El oxígeno las mataba. El ESA Lab, sin aire, se convirtió en un gigantesco invernadero para ellas. Destruyeron las paredes, provocaron nuevos cortocircuitos, y se apoderaron de todo el laboratorio, hasta que empezaron a morir por falta de alimento. Por eso solo quedaban un puñado de colonias: el residuo violáceo que yo había encontrado.

No, nunca estuve en peligro. Porque en cuanto cerré la compuerta del laboratorio, y el Nodo 2 fue presurizado, todos los gérmenes que podían haberme acompañado en mi precipitada huida fueron aniquilados por la atmósfera oxigenada que a mí me salvó. Solo las muestras de la caja lograron sobrevivir.

Bacterias comedoras de plástico. Bacterias que degradaban cualquier compuesto orgánico conocido. Dejaban el metal intacto, preparado para ser refundido y reciclado. Y ni siquiera había que separar componentes. Bastaba con meter teléfonos, ordenadores, embalajes, literalmente lo que fuera, en un contenedor metálico, hacer el vacío y liberar las bacterias. Ellas se encargaban del resto. El único residuo que dejaban era la ceniza, compuesta por un rico complejo nitrocarbonado que servía de abono agrícola. Resulta gracioso. Incluso los desechos eran aprovechables. Y por si fuera poco, lo hacían tan rápido que impedían el crecimiento de otros gérmenes. Una vez que habían cumplido su función, bastaba con abrir las compuertas del contenedor para eliminarlas. Todo sin ningún coste tecnológico digno de mención.

Imaginen mi sorpresa cuando me lo contaron: Eliminaban la basura, evitaban enfermedades, recuperaban el metal, producían abono, y eran baratas, limpias e inofensivas. Todo de un golpe. El sueño de cualquier grupo ecologista. Un regalo para la humanidad, y la mayor contribución que hizo la Estación al desarrollo industrial. Por accidente, por puro azar. Como casi todos los grandes descubrimientos de la historia humana.

―Buenos días, comandante Santamarina. ¿Cómo se siente ahora que ha terminado todo? ―me preguntó Freeze cuando las compuertas del US Lab se abrieron al fin y me estrechó la mano.

―Como la puta manzana, comandante ―le contesté―. Me siento como la puta manzana de los cojones.

Creo que no lo entendió.

Copyright © 2013 by Luis Ángel Cofiño

Luis Ángel Cofiño (Spain, 1967) is an intensive care specialist, fan of science fiction, computing and technology in general. He’s currently absorbed by his work and Android programming, with five programs published on Google Play already. As amateur writer, he has published three books: El Cortafuegos, published by Espiral, and in ebook format by AJEC; Su cara frente a mí, published by Editorial Parnaso; and Perros bajo la piel, published by Espiral; aswell as a few short stories, including „La manzana de Newton“, winner of the Espiral science fiction prize in 2002.

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